¿Por qué los millonarios creen que son hábiles para todo?

Al permitir que los mejores competidores alcancen la cima de nuestra economía de mercado, permitimos que enormes cantidades de riqueza queden concentradas en muy pocas manos. La competencia que originó el surgimiento de empresas como Apple, Tesla y Google también ha producido multimillonarios.

De manera perversa, la riqueza generada por esos emprendimientos ha tenido una consecuencia no prevista. Cuando se genera riqueza en un ámbito comúnmente se intenta usarla para controlar otras instancias. El resultado suele ser poco eficiente, porque el éxito en una industria difícilmente asegura el éxito en otra.

Es un problema particularmente obvio en los deportes.

En básquetbol o béisbol, por ejemplo, los equipos ponen en la cancha a los mejores jugadores en los momentos clave del partido para conseguir la victoria. Uno pensaría que tendrían el mismo cuidado al momento de elegir a los directivos para que los mejores administradores sean los encargados de tomar las decisiones empresariales clave. Pero nos conseguimos con superestrellas deportivas como Michael Jordan o Derek Jeter —y a empresarios como James Dolan, de los Knicks y los Rangers, aunque antes dirigía el imperio de Cablevisión— a cargo de equipos que han tenido pobres resultados, si se trata de conseguir triunfos.

Claro que es posible que aún estén por venir los mejores días de los Hornets de Charlotte, de Jordan, de los equipos de Dolan o de los Marlins de Miami, que Jeter no ha liderado por tanto tiempo. Sin embargo, parece justo decir que aunque el dinero puede ser trasladado de una cancha a otra, no sucede así con el talento.

Ese problema no solo se presenta en los deportes, es una cuestión endémica en los mercados libres. El éxito y la riqueza que se trasladan de una arena a otra suelen producir proyectos ineficientes.

Los economistas Alan Belson, de la Universidad de Minnesota, Danielle Li, del Instituto de Tecnología de Massachussetts, y Kelly Shue, de Yale, tienen un ejemplo claro de esto en el mundo corporativo. Los buenos vendedores no siempre son buenos gerentes de otros vendedores, pero los investigadores encontraron que muchas empresas eligen a sus gerentes a partir de sus números de ventas. El resultado es que se asciende a vendedores exitosos a puestos en los que son gerentes mediocres.

Claro que este ejemplo de un salto no es ni medianamente tan consecuente como el que llegan a tomar los muy ricos.

Un gerente de un fondo de cobertura empresarial que compra un periódico tiene el poder de decidir qué se considera una noticia. Un desarrollador de aplicaciones millonario que empieza una fundaciónpuede decidir qué proyectos filantrópicos son valiosos. Un desarrollador inmobiliario que dona montos considerables a teatros locales puede decidir qué obras son las que se deben montar.

Ni la acumulación ni el uso de la riqueza para influir sobre otro tipo de emprendimientos son fenómenos nuevos: desde hace décadas los ricos han sido patronos de las artes y las ciencias.

Pero pareciera que en la actualidad se ha convertido en una fuerte tendencia, sobre todo por la corta edad en la que muchas personas logran enriquecerse. El problema no es que los jóvenes sean menos capaces; es que les quedan más años para entrometerse.

La competencia impone algunas restricciones sobre el tiempo que los ricos pueden permanecer en la cima. Pero no son muchas.

La reputación es un bien que se devalúa, la riqueza se acumula. Un atleta no puede seguir jugando solo por cómo se desempeñó hace una década, pero la riqueza tiene una larga memoria y conlleva su propio golpe de suerte. Casi todos los grandes equipos de diversas ligas deportivas son más valiosos hoy en día, tanto los buenos como los malos. El principal reto es ser suficientemente rico para ser dueño de uno.

A menos que reformemos toda la economía, no podemos cambiar el poder que se deriva de la riqueza. Sin embargo, sí podemos trabajar para frenar a uno de los cómplices de ese problema: nuestra propia psicología, que magnifica el poder derivado de la riqueza.

Los psicólogos que estudian cómo formamos estereotipos han hecho notar que una de las dimensiones básicas para evaluar a la gente es a partir de cuán competente es. El problema es que usualmente pensamos que ser competente es un atributo general: en vez de darnos cuenta de que las personas son eficientes en actividades específicas, suponemos que tienen talento para prácticamente todo. Generalizamos la capacidad.

Y hay pocas creencias tan demostrativas de la arrogancia humana que pensar que el talento tiene universalidad: que las personas exitosas tienen un “algo” que les permite hacer cosas grandiosas para absolutamente todo, incluido hacer política.

La riqueza es embriagante y puede hacer que un multimillonario sufra de un narcisismo económicamente destructor. Como el nepotismo, este tipo de narcisismo responde a la familiaridad por encima del talento, excepto que la persona privilegiada es uno mismo.

Sin embargo, los exitosos no solamente se benefician de su propia riqueza, sino de nuestras erróneas ideas preconcebidas. El que la riqueza pueda moverse entre industrias amplifica esta idea equivocada y peligrosa de que el dinero significa capacidad.

Todos podemos afinar nuestras percepciones sobre las personas exitosas al reconocer que sus talentos son específicos. Dirigir una empresa emergente de tecnología que gana miles de millones de dólares no te vuelve alguien que puede cambiar cómo se manejan todas las industrias. Administrar un fondo de inversiones no te da una enorme perspicacia sobre cuáles proyectos sociales tendrán el mayor impacto en el combate a la pobreza. Y como estos ejemplos hay muchos.

Cuando alguien construye una mejor trampa para ratones, el mundo debería ir a tocarle la puerta para pedirle ayuda con eso. Pero no tendríamos que suponer que es bueno para construir más que trampas para ratones, sin importar qué tan rico sea.

Sendhil Mullainathan es profesor de ciencias informáticas y conductuales en la Universidad de Chicago. Su usuario en Twitter es @m_sendhil.

THE NEW YORK TIMES ESPAÑOL

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